lunes, 28 de diciembre de 2009

Pablo III

Hubo un momento, bastante cómico para quien observase, en el que Pablo pensó que se le había olvidado cómo andar. Afortunadamente, recordó la manera exacta cuando salía del parque para dirigirse a la boca de metro más próxima.
Una vez allí, recordó que las estaciones de metro estaban cerradas a estas horas. De todas formas, bajó las escaleras y empujó fuerte la puerta, quizás demasiado, porque chocó con violencia contra la pared y rebotó para golpearle en la cara como venganza. Esta vez, más gentilmente, la abrió suavemente y con delicadeza, como si de la dama anterior se tratase, y traspaso su marco, adentrándose en las entrañas subterráneas de la ciudad.
En el andén había varias personas a ambos lados de las vías, unas sentadas, otras de pie, parecían relajadas y en paz. Esa sensación se respiraba en el aire y poco a poco fue invadiendo a Pablo:

-Qué bien se está aquí, ¿No crees?- pensó Pablo mirando a su alrededor.

A su izquierda había una puerta de madera clara que, aparentemente, no llevaba a ningún sitio. En un estado normal a Pablo le habría llamado la atención una puerta en medio de una estación metro, pero en ese entonces a Pablo ya nada le sorprendía.

-Será el destino- Se dijo para sí.

Y como cualquier otra decisión como la de qué tomar para desayunar, o la ropa que se iba a poner hoy, Pablo decidió cruzar la puerta. La curiosidad mató al gato. Recordó esa frase cuando cerró la puerta tras de sí.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Pablo II

Pablo no se había percatado antes de aquella presencia al otro lado de la plaza, lo achacó a esas copas de más que le había dado por tomar. La fría noche le había obligado a taparse, y al ver aquella figura con ese vestido vaporoso, un escalofrío recorrió su espalda, incluso le dieron ganas de tapar a aquella sensual silueta con su enorme chaqueta de aviador. Aquella extraña mujer de rasgos atigrados, le miraba desde unos ojos azules, más profundos que las fosas de Las Marianas, con una expresión que le cautivó desde el principio. Era hermosa, quizá demasiado para ser alguien de este mundo, o al menos eso pensaba Pablo, y se mantenía quieta mirándole. El también la miraba. Ella sonreía y a Pablo le pareció que el sol había vuelto a salir. ¿Se había enamorado? No por mucho tiempo. El pelo rubio caía como una cascada hasta sus pechos, que a Pablo se le antojaron, los más hermosos que había visto. En aquel momento se percató de que aquel ángel caído del cielo llevaba una larga vara de metal en la mano, la cual parecía realmente pesada.
Se quedó estancado mirando aquel objeto, quizá por el shock, por el contraste que hacía con el resto de aquella imagen o por lo irreal que le parecía todo en aquel momento, y ella pareció darse cuenta. Levantó la vara y lentamente la situó frente a su hermosa cara. Pablo siguió sus acciones con una atención casi demencial. Con un movimiento rápido, estampó con todas sus fuerzas la vara contra su propia cara. Repitió este movimiento hasta que Pablo recorrió la distancia entre ellos gritando, casi suplicando que parase, porque cada golpe que ella se asestaba, era un golpe en pleno corazón de Pablo.
Le miró quieta de nuevo, esta vez con la nariz torcida, probablemente rota, una hinchazón vertical en la frente, el labio partido y un ojo desviado, todo esto sangrando a raudales. Sonrió dejando ver los pocos dientes sin romper que le quedaban. A Pablo le pareció que se estaba riendo de él, y probablemente así fuese. Se encontraban a pocos centímetros el uno del otro.
Pablo, en ademán protector aunque ahora inútilmente, le quitó la vara de la mano sorprendiéndose de lo mucho que pesaba, más incluso de lo que había imaginado.
Mirándola se dio cuenta de que a pesar de las atrocidades provocadas en su rostro, seguía siendo hermosa, mucho, demasiado quizás. Sacó entonces un pañuelo, hasta entonces olvidado, de su bolsillo derecho y le limpió con él parte de la sangre que resbalaba por la parte inferior de su rostro mientras la miraba a los ojos intentando descifrar lo que detrás de ellos estaba ocurriendo. Poco a poco los pocos centímetros entre ambos se fueron reduciendo de 10, 7, 5, 3, 2, 1... y ¡Puf! en la cabeza de Pablo empezó a sonar "Happy together" de The Turtles y le pareció haber sido transportado a otra dimensión, su corazón parecía que se le iba a salir del pecho, ¿Cómo podía imaginar algo así? La sangre de la extraña chica se deslizaba por su garganta como si fuese miel, la miel mas dulce que jamás podría haber probado.
Y tan pronto como empezó, acabó. Pablo aterrizó suavemente en el suelo, para darse cuenta de que el sol de su noche se había apagado, desaparecido, nada... Y él completamente solo, con la cara ensangrentada, haciéndose preguntas estúpidas para las cuales no tenía respuesta alguna, esperó a que su corazón volviese a su ritmo normal y continuó su camino.

¿Por qué?

¿Por qué tienes que oler a canela?¿Por qué tienes que oler a una mañana de sábado, a un dia de primavera, a rayos de sol? ¿Por qué tienes que oler a hierva recién cortada, a flores de cerezo, al café de la mexicana?¿Por qué hueles a brisa marina, a libros nuevos, a menta, a croissants recién hechos, a jabón de Marsella?¿Por qué hueles tan bien?¿Por qué tan irresistible?

jueves, 24 de diciembre de 2009

Dissapear...


Desapareces como el gato de Chesire, y yo me quedo sola en el oscuro bosque de nuestro país de las maravillas.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Run, Valentine, run from yourself...

"Corre. Corre todo lo que puedas. Corre hasta que no tengas pies, hasta que te ardan tanto los pulmones como para querer arrancártelos. Por que si no corres, los muros que tan celosamente has construido se derrumbarán sobre tí. Huye de tus pesadillas, se cobarde alguna vez."- Piensa Valentine mientras, como una titiritera, juega con sus muñecas.

Se intenta distraer, en vano,
del daño que ha causado.
Quiere aparentar
que todo le da igual.
Pero Valentine solo quiere ser,
un enigma para los demás.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Dance, dance

Bailemos juntas hasta el amanecer, mientras me dices cosas bonitas al oido...

Porque me solté por un momento de tus cálidas manos y la locura me guiñó el ojo, ahora he aprendido la lección y jamás me dejaré caer.

Bailemos juntas hasta el amanecer, mientras me dejo llevar por tu compás.