Érase una vez, una pequeña muchacha, vivía en Barcelona, si bien la memoria no me falla, en un pisito del centro. Un invierno, aquella chica salió a la calle sin el paraguas, fue lo peor que pudo haber hecho.
-Berto, me voy ya, ¿vale?
-Vale, hasta luego, ¡Y que no se te olvide comprar las sartenes!
- Que si, ya lo he apuntado, adiós.
Ese portazo sonó como un eco lejano por debajo del ruido del televisor. Poniendo un pie en la calle una gota calló en la punta de su nariz, se la secó con el dorso de la mano, "Mierda, ¿Y el paragüas?" se preguntó a si misma mientras andaba por los soportales de la calle. La parada de autobús no estaba lejos y ella sólo pensaba en Marcos, en su fría sonrisa, en su desinterés fingido y en sus ojos cálidos, a pesar de pretender lo contrario.
Estaba lloviendo a cántaros o al menos lo suficiente como para que no se notase la lagrima que caía por su mejilla, esa que estaba deseando olvidar a besos. Con el cuerpo empapado compró un sencillo que le llevaría a la cafetería de siempre, la de debajo del curro, la de 5 minutos más y me voy, la de un cortado y un croissant. Ella se sorbía los mocos con mayor frecuencia desde que bajaba del autobús.
A los pocos días al dejarlo de lado, al no tener cuidado, aquel simple moqueo se convirtió en una sinusitis, Berto con frecuencia le decía " Haztelo mirar, por favor, nena" pero no hacía caso, tenía demasiadas cosas en las que pensar, y Marcos ni siquiera se había molestado en llamarla.
Sin avisar una tarde el dolor de cabeza la tumbó en el primer golpe. En el hospital lo llamaron osteomelitis, y en cosa de unas horas ya estaba en el quirofano. Cierto es que el cirujano que la había operado tenía un mal día pero a mi entender fue exagerada la reacción que tuvo cuando le dieron a entender que Laia era la última paciente de su carrera. Cabreado envió a todas las enfermeras a por un café y solo, con la paciente, hizo sus peripezias.
Al salir del quirófano se descubrió a si misma con un parche de pirata, ya no sabía que pensar, al principio deprimida intentó averiguar que más le habían cambiado, sin embargo nada más parecía faltar, más tarde entendió que si la vida te da limones, debes hacer limonada y dejando a Marcos y a Berto atrás se compró un barco y se hizo a la mar.
Ahora os preguntaréis a qué cojones viene el título, pues bien, no toda la verdad está dicha, aunque la vida de Laia no tuvo más variantes, el cirujano le quitó un riñón en la intervención y lo vendió en el mercado negro de órganos. Aunque fue a la cárcel por mala praxis, le compró a su hija el poni que siempre había querido, de ahí el nombre de este relato.
No hay comentarios:
Publicar un comentario