Miró a su alrededor en busca de una salida, ráscandose la cabeza, sin saber muy bien que hacer. Le estaban acorralando. "¿Otra vez?" preguntó para sí. Otra vez efectivamente, el azar tan retorcido como siempre le jugó una mala pasada. Cogió los hilos y se los ató a la muñeca, sintió como se elevaba poco a poco, "Globos de helio, como no, ¿Qué mejor señal que esta?" Y corrió, corrió hacia donde debía dirigirse, la casa del próximo de su lista.
Exhausto llegó, subió las escaleras de incendios, típicas de esas casas de los suburbios de Nueva York, hasta el piso del siguiente, entonces, sin mayor dilación ni mayor duda que elegir el globo que colocar, ató uno de ellos a la barandilla y volvió a correr por la calle.
El siguiente no vivía demasaido lejos, pero el ruido del helicoptero se acercaba, cada vez más nervioso repitió la operación anterior en diversas casas.
Una vez terminado el trabajo, quedó solo en una enorme plaza, exhausto. Se paró a respirar, y en menos que su pecho relajándose dejaba de salírsele por la boca, un grupo de policías le rodeaban. "Manos en alto" decían, ilusos. De nada le servirían esos helicopteros, pues el trabajo estaba hecho y ya nada más importaba.
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